Hay preguntas que la humanidad lleva siglos intentando responder: ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿hay vida en otros planetas? Y luego está la pregunta verdaderamente importante: ¿es Cacafonia el espíritu reencarnado de Salvador Dalí especializado en gases?

No tenemos pruebas concluyentes.

Pero tampoco las tenemos para descartarlo.

Porque cuando uno empieza a investigar la relación entre Dalí y el maravilloso mundo de las ventosidades, empiezan a aparecer demasiadas coincidencias como para seguir mirando hacia otro lado.

Salvador Dalí, genio, excéntrico, bigotudo universal y hombre que tenía una opinión bastante elevada de sí mismo, dedicó parte de su Diario de un genio a un asunto que, inexplicablemente, no suele aparecer entre sus grandes contribuciones a la humanidad: el estudio científico-artístico del pedo.

Y no estamos hablando de un simple «jajaja, me he tirado un cuesco».

No.

Dalí se lo tomó muy en serio.

Tanto que incluyó un anexo titulado Fragmentos de El arte de tirarse pedos o Manual del artillero socarrón, en el que se dedica a analizar las ventosidades humanas con una precisión que probablemente habría hecho llorar de emoción a cualquier pedólogo —si esa profesión existiera—.

Para Dalí, el pedo tenía categorías, sonidos, texturas, olores y hasta personalidad propia.

Estaban los pedos vocales, los pedos simples, los compuestos o diptongos y los pedos mudos, también conocidos como zullones.

Es decir: mientras el resto de la humanidad estaba intentando entender el surrealismo, Dalí estaba intentando entender por qué uno de sus pedos sonaba como un petardo y el siguiente como una puerta que necesita aceite.

Y aquí es donde aparece Cacafonia.

Porque, seamos sinceros: ¿quién mejor que un ser aparentemente surgido de otra dimensión para continuar el legado gaseoso de Dalí?

Cacafonia no habla de pedos.

Cacafonia los interpreta.

Donde nosotros escuchamos un «pffff», ella podría estar escuchando una sinfonía en fa sostenido.

Donde nosotros percibimos un silencio sospechoso, ella probablemente detecta un zullón de categoría superior.

Y donde nosotros simplemente abrimos una ventana, Cacafonia quizá esté realizando una compleja investigación organoléptica.

De hecho, si seguimos la lógica daliniana, podríamos pensar que Cacafonia no es simplemente un personaje.

Podría ser una reencarnación gaseosa.

Una especie de Dalí del más allá que, tras abandonar este mundo, decidió que ya había explorado suficientemente los relojes blandos, los sueños, las hormigas y los bigotes… y que su siguiente gran reto artístico sería descubrir todos los secretos del pedo.

Y es que hay algo profundamente daliniano en Cacafonia.

El absurdo.

La provocación.

La capacidad de convertir algo cotidiano en algo digno de estudio.

Porque eso es precisamente lo fascinante de la historia: Dalí defendía que el pedo no debía ser reducido simplemente a una fuente de risa o a algo vergonzoso. Para él, formaba parte de la naturaleza humana y podía incluso convertirse en un elemento capaz de romper silencios incómodos y provocar conversaciones.

Y aquí, sinceramente, tenemos que darle la razón.

Porque pocas cosas unen tanto a la humanidad como un pedo inesperado.

Puedes estar en una reunión de trabajo, en un ascensor, en una primera cita, en un tren o sentado tranquilamente viendo la televisión.

Pero aparece un PRRRRRRRT.

Y durante aproximadamente tres segundos, todas las diferencias sociales desaparecen.

El CEO y el becario.

La duquesa y el fontanero.

El artista y su público.

Todos somos exactamente la misma especie intentando averiguar quién ha sido.

Dalí entendió algo que quizá todavía nos cuesta aceptar: el pedo es profundamente democrático.

No entiende de clases sociales.

No entiende de prestigio.

No respeta horarios.

Y, sobre todo, no respeta silencios incómodos.

Quizá por eso resulta tan apropiado imaginar que Cacafonia pueda ser su heredera espiritual.

Una entidad dedicada a recordarnos que, detrás de nuestra ropa, nuestras profesiones, nuestras preocupaciones y nuestras ínfulas de grandeza, todos llevamos dentro una pequeña fábrica de metano esperando su momento de gloria.

Así que la próxima vez que escuches a Cacafonia emitir uno de sus característicos sonidos, no te apresures a juzgar.

Tal vez no sea un simple pedo.

Tal vez sea arte.

Tal vez sea surrealismo.

Tal vez sea la continuación de una investigación iniciada hace décadas por un señor de Figueras con un bigote imposible.

O tal vez…

Cacafonia sea efectivamente Salvador Dalí reencarnado.

Solo que esta vez ha decidido prescindir de los relojes y centrarse en algo mucho más importante:

los gases.

Y, sinceramente, nos parece una evolución artística completamente lógica.

Ahora solo nos queda resolver una última cuestión:

Si Dalí clasificaba los pedos por sonido, consistencia y olor…

¿en qué categoría pondría a Cacafonia?

Eso sí que merece una segunda investigación.

Y probablemente una ventana abierta.

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