Cuando éramos pequeñas, imaginábamos que ser adultas sería una auténtica maravilla. Podríamos acostarnos a la hora que quisiéramos, comprar lo que nos apeteciera, tomar nuestras propias decisiones y, sobre todo, hacer lo que nos diera la gana sin tener que pedir permiso a nadie.

¡Qué inocentes éramos!

Porque nadie nos explicó que la vida adulta venía con una suscripción permanente a las responsabilidades, una lista interminable de tareas y una aplicación mental que funciona en segundo plano recordándonos absolutamente todo lo que tenemos pendiente.

En este episodio de Huele a Caca, La Bischita se enfrenta a una de las grandes preguntas de nuestra existencia: ¿en qué momento crecer se convirtió en tener que trabajar, pagar facturas, limpiar la casa, poner lavadoras, organizar citas y acordarnos de comprar detergente?

¡Yo quería libertad y me han dado una gestoría dentro de la cabeza!

La lavadora: ese proyecto empresarial que nunca termina

Una cosa es poner una lavadora y otra muy diferente es todo lo que implica. Primero hay que darse cuenta de que queda poca ropa limpia, separar las prendas, comprobar que tenemos detergente, poner el programa adecuado, acordarse de tenderla, recogerla, doblarla y guardarla.

Y cuando por fin terminas, te cambias de ropa y acabas de generar otra colada.

¡Es un ciclo sin final!

La vida adulta está llena de actividades que generan nuevas actividades. Limpias el baño y descubres que el espejo necesita una pasada. Limpias el espejo y aparece polvo en la estantería. Vas a recoger la estantería y terminas abriendo un cajón que llevabas dos años evitando.

Y entonces aparece ella: la silla.

La silla de la ropa: patrimonio cultural del hogar

Todas las casas tienen una silla especial. Una silla que originalmente se compró para sentarse, pero que con el paso del tiempo ha evolucionado hasta convertirse en un sistema de almacenamiento textil.

Ahí dejamos esa ropa que no está lo bastante sucia para lavar, pero tampoco lo bastante limpia para volver al armario. Un pantalón, una sudadera, un jersey y, de repente, una montaña de prendas que ya no sabemos ni cuándo nos pusimos.

Cacafonía tiene una explicación científica para este fenómeno:

«La denominada silla de la ropa constituye un sistema de almacenamiento informal que surge cuando una persona no dispone de energía suficiente para completar el ciclo de lavado, doblado y clasificación textil».

¿Perdona? ¿Acabas de diagnosticar mi silla?

Porque una cosa tengo clara: no todas las personas podemos vivir en una fotografía de una revista de decoración. Necesitamos casas normales, con vasos encima de la mesa, mantas medio caídas, cajones imposibles y bolsas llenas de otras bolsas. ¡Eso también es un hogar!

La carga mental: trabajar incluso cuando parece que no haces nada

Detrás de todas estas situaciones cotidianas hay algo que nos pasa a muchas personas: la sensación de que nunca estamos haciendo suficiente.

Si descansamos, pensamos en lo que queda por hacer. Si salimos a dar una vuelta, recordamos que tenemos que recoger la casa. Si nos sentamos a ver una serie, esa cesta de ropa parece estar juzgándonos desde el pasillo.

Y es que la carga mental no consiste solamente en hacer tareas. También implica acordarse de que existen, anticiparse, organizarlas y comprobar que se llevan a cabo.

No es lo mismo tener que pedir a alguien que ponga una lavadora que compartir la responsabilidad de todo el proceso. Ver que la cesta está llena, ocuparse de la ropa, tenderla, recogerla y guardarla sin que nadie tenga que supervisar la operación.

Porque pensar también cansa. Aunque desde fuera parezca que estás tranquilamente tumbada en el sofá, tu cerebro puede estar celebrando una reunión de seguimiento con todos los departamentos de tu existencia.

Cacafonía, por supuesto, tiene un sistema de productividad para solucionar el problema. Las tareas deben clasificarse en urgentes, importantes, secundarias y completamente evitables.

Pero hay una categoría que no contempla: «No me da la vida».

Y, sinceramente, debería ser la categoría principal.

No necesitamos convertir cada día libre en otra jornada de trabajo

Una de las grandes trampas de la vida adulta es llenar los días libres de obligaciones. Como no trabajamos fuera de casa, aprovechamos para limpiar, ordenar, hacer compras, organizar documentos y dejarlo todo preparado para la semana.

Y cuando llega el domingo por la noche estamos agotadas de haber descansado.

Por eso, quizá ha llegado el momento de aprender a distinguir entre lo que necesitamos hacer y lo que creemos que deberíamos estar haciendo.

Que si hoy no podemos ordenar el armario, no se acaba el mundo. Que si la ropa está doblada, pero todavía no está guardada, puede esperar. Que si la casa no está impecable, no significa que hayamos fracasado como personas adultas.

No tenemos que convertir cada momento libre en una oportunidad para ser más productivas. No necesitamos optimizar todos los rincones de nuestra existencia ni preparar cada domingo la semana como si fuéramos responsables de dirigir una misión espacial.

A veces, la mejor decisión es dejar una tarea para mañana y disfrutar de lo que queda del día.

Porque la ropa se va a volver a ensuciar, el suelo volverá a acumular polvo y la casa necesitará mantenimiento. Pero nosotras también necesitamos descansar.

Y no tenemos que ganarnos ese descanso completando una lista interminable de tareas.

Una casa vivida es mejor que una casa de revista

En este episodio de Huele a Caca hablamos de las responsabilidades domésticas, de la carga mental, de esa sensación de no llegar a todo y de cómo hemos acabado asociando la vida adulta con estar permanentemente ocupadas.

Entre las teorías de productividad de Cacafonía y las confesiones domésticas de La Bischita, llegamos a una conclusión bastante sencilla: no somos máquinas, no tenemos energía infinita y no necesitamos tenerlo todo bajo control para merecer un descanso.

Así que, querida familia cacatónica, la próxima vez que veáis esa silla llena de ropa, no os sintáis culpables. Quizá no sea desorden: quizá sea una instalación artística contemporánea que todavía no ha encontrado su espacio en un museo.

Y recordad: no tenéis que tener la vida recogida para poder sentaros un rato.

Aunque, por todos los santos del retrete, comprobad que queda papel higiénico antes de sentaros a descansar.


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Soy La Bischita y cada semana te espero en Huele a Caca, un podcast donde hablamos de la vida, de sus contradicciones, de las pequeñas miserias cotidianas y de todo aquello que merece una buena conversación… aunque sea desde el cuarto de baño.

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Huele a Caca: porque la vida ya es bastante seria como para no poder reírnos de ella.

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