La hamburguesa que salió de una cagada

Hay noticias que empiezan con una pregunta aparentemente razonable: «¿Cómo podemos reducir el impacto medioambiental de la producción de carne?». Y luego hay alguien que responde: «¿Y si hacemos hamburguesas con caca humana?». Y tú piensas que la reunión se ha ido de las manos. Pero no. La reunión siguió. Y acabaron haciéndola.

Corría el año 2011 cuando el científico japonés Mitsuyuki Ikeda, del Centro de Valoración Ambiental de Okayama, se propuso encontrar una utilidad para los residuos orgánicos procedentes de las aguas residuales. Porque producir carne tiene un impacto importante sobre el medio ambiente: genera emisiones, requiere grandes cantidades de recursos y la ganadería está relacionada con problemas como la degradación y desertización de determinados terrenos. Así que había que buscar alternativas. Y entre todas las alternativas posibles… apareció la mierda.

Ikeda descubrió que los lodos de las aguas residuales contenían una cantidad considerable de proteínas debido a las bacterias presentes en ellos. Y aquí es donde empieza la historia que probablemente jamás imaginó el departamento de marketing de ninguna hamburguesería: extraer proteínas de los excrementos humanos para convertirlas en carne artificial.

Sí. Has leído bien. Proteína de caca.

La receta, según las informaciones publicadas en aquel momento, llevaba soja, concentrado de carne y proteínas extraídas de excrementos humanos. Después se sometía el material a diferentes procesos para eliminar las bacterias y se utilizaban ingredientes y colorantes para conseguir que aquello tuviera aspecto de carne. Porque una cosa es comerte una hamburguesa y otra muy distinta es que tenga el color exacto de una hamburguesa mientras tu cerebro está diciendo: «Perdona, pero yo conozco el origen de esta movida».

Según aquellas informaciones, el resultado tenía aproximadamente un 63 % de proteínas, un 25 % de carbohidratos, un 3 % de lípidos y un 9 % de minerales. Vamos, que nutricionalmente aquello parecía bastante serio. Psicológicamente… era otra película.

De hecho, el propio Ikeda sabía que su mayor enemigo no iba a ser la ciencia. Iba a ser nuestra cabeza. Porque puedes explicarme durante tres horas que has eliminado las bacterias, puedes enseñarme un gráfico, hablarme de sostenibilidad, decirme que tiene proteínas y contarme que sabe a ternera. Pero llega un momento en el que mi cerebro se queda únicamente con una palabra: CACA. Y ya puedes venir con una estrella Michelin, que no hay manera.

Es curioso porque estamos bastante acostumbrados a aceptar cosas rarísimas como comida. Comemos ostras vivas, caracoles, queso fermentado y cosas que llevan meses enterradas, curadas, fermentadas o envejeciendo en una cueva. Pero dile a alguien: «Esta hamburguesa lleva proteína extraída de residuos humanos» y automáticamente responde: «NO». ¿Por qué? Porque el asco también tiene departamento de comunicación.

Y aquí es donde esta historia se vuelve todavía más interesante. Porque, dejando de lado el chiste fácil —que en Huele a Caca evidentemente no vamos a dejar de lado—, la idea de fondo es bastante potente. Vivimos en un planeta con recursos limitados y generamos cantidades enormes de residuos. Así que quizá una de las preguntas más importantes del futuro sea: ¿qué cosas que hoy consideramos basura podrían convertirse en recursos mañana?

La caca es un ejemplo bastante extremo. Pero la naturaleza lleva toda la vida reciclándolo absolutamente todo. Lo que un organismo desecha puede convertirse en alimento o materia útil para otro. Nosotros, en cambio, hemos decidido que cuando algo sale por nuestro culo… se acabó su carrera profesional.

Y quizá no tenga por qué ser así.

Eso sí, una cosa es reciclar nutrientes y otra conseguir que yo entre en una hamburguesería y diga: «Hola, quería una doble con queso, pepinillo y extra de zurullo, por favor». Ahí todavía nos queda camino.

Además, había otro pequeño inconveniente: producir aquella hamburguesa costaba entre 10 y 20 veces más que una hamburguesa convencional. Lo cual hace que el eslogan publicitario sea complicado: «¡Nueva Shit Burger! ¡Ahora un 90 % más cara porque te la hacemos con tu propia mierda!». No sé. Quizá haya que trabajar un poquito más el branding.

Y luego estaba la gran pregunta que se planteó al público: ¿Te comerías una hamburguesa de zurullo?

Aquí quiero detenerme, porque creo que esta pregunta tiene una respuesta muy distinta si te la hacen así: «¿Te comerías una hamburguesa hecha con excrementos humanos?». La respuesta inmediata probablemente sería: «🤮 NO».

Pero si mañana la industria alimentaria desarrollara una tecnología completamente segura, regulada y capaz de transformar residuos en proteínas sin que tú pudieras distinguir el producto de cualquier otra hamburguesa… ¿seguiríamos diciendo que no? ¿O dentro de veinte años estaremos en un restaurante pidiendo una hamburguesa de caca y diciendo: «La quiero poco hecha»?

Y el camarero: «¿La quiere con queso?».

«No, gracias. Quiero disfrutar de la esencia».

Vale. Quizá ese futuro sea demasiado para nosotros.

Pero hay algo que sí me parece fascinante de esta historia: la caca deja de ser el final del proceso y se convierte en el principio de otro. Comemos, hacemos la digestión, hacemos caca, la procesamos, obtenemos proteínas, hacemos una hamburguesa, nos la comemos, volvemos a hacer la digestión, volvemos a hacer caca… y vuelta a empezar.

El círculo de la vida, pero versión alcantarilla.

Así que quizá la próxima vez que alguien diga que algo es «una mierda», deberíamos pensárnoslo dos veces. Porque igual no es una mierda. Igual es… una futura hamburguesa.

Y después de escribir todo esto solo tengo una pregunta: ¿qué pasa si el cuerpo humano lleva toda la vida fabricando carne y nosotros no nos habíamos dado cuenta?

Vale.

Me voy.

Necesito un bocadillo.

Sin caca. De momento. 💩🍔

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